Tres noches. Cuatro días por delante.
El lugar elegido como residencia para este corto viaje fue un pequeño pueblo de 800 habitantes del pirineo Navarro y cercano a la frontera con Francia, llamado Etxalar.
La casa en cuestión llevaba el nombre de Añorbe, y se trataba de una casa situada en mitad de la nada, desde donde lo único que podía escucharse eran los cencerros de las ovejas y caballos de los alrededores y el sonido de los pájaros. Un lugar perfecto para olvidarse de la estresante vida rutinaria de una gran (o mediana) ciudad por un breve espacio de tiempo. El camino para llegar a la propia casa desde el pueblo era una auténtica maravilla, que discurría a lo largo de un rio y se encontraba rodeado de una vegetación apreciable como un paraiso cercano para aquellos que echamos en falta día tras día un lugar en el que respirar.

Un dormitorio doble, un salón con chimenea, un balcón con vistas a las montañas y al cielo estrellado cuando aun el resto del mundo está en pie y una tele que se utilizaría mas bien poco que mucho y serviría como simple adorno.
El primer día fue bastante tranquilo. Tras algo de esfuerzo conseguimos llegar al alojamiento, pagar al dueño y olvidarnos de responsabilidades y relojes durante tres días. Tras esto nos fuimos a comer al asador del pueblo. Llegamos un pelín tarde para comer y a pesar de que podrían haberse negado a atendernos lo hicieron con una sonrisa. El menú era auténticamente norteño: una ensalada para al menos tres personas para mi, y una cazuela de judías rojas para mi acompañante como primer plato, y una bandeja de filetes de ternera a la brasa con patatas de segundo para los dos. Cuando ibamos por el segundo plato el dueño se acercó para preguntarnos si nos estábamos quedando con hambre, que eso no podía permitirlo. Ni siquiera fuimos capaz de pedirnos postre después de aquella comilona como para repetir ningún plato, pero dejamos hueco para el chupito de pacharán al que nos invitaron.
Después de comer fuimos a hacernos con provisiones a un pueblo cercano, y el día terminó con un pequeño paseo por los alrededores del alojamiento y una larga y relajada noche. Nada mas; nada menos.
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La zona en la que nos alojábamos estaba llena de castaños, creo que volvimos con cerca de tres kilos de castañas |
El segundo día madrugamos mas de lo que hubieramos deseado, pues un error de cálculo nos hizo contratar un alojamiento algo alejado de la zona que nos interesaba. Así pues a las diez partíamos hacía
Ochagavía para acceder a uno de los puntos de inicio de las rutas la selva de Irati en el que había una caseta de información y aparcamiento (a un precio de mantenimiento de 3€ por si a alguien puede interesarle).
El total de kilómetros de extensión de las rutas recorridas no superaba tal vez los 12 kilómetros, pero los hicimos tranquilamente durante cinco largas horas. Me parecía imposible no pararme a disfrutar del entorno e intentar retenerlo en mi memoria por siempre. Las rutas hechas son las siguientes:
Camino viejo a Koixta (SL-NA 69): Una ruta de 5,5 km y un desnivel de 300 m con un trazado medianamente abrupto que discurre en su mayoría por un precioso hayedo, apto para cualquier persona con las suficientes ganas de disfrutar de la naturaleza y a la cual no se le ocurra llevar tacones o algo así (¡se ve de todo!).
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Una foto del hayedo por el que transcurre la excursión |
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Setas, muchísimas setas por el camino. Según nos dijo el guarda la ley permite coger diez unidades por persona y día. No quería morir aquel día, así que dejamos las setas en su sitio. |
La ruta termina en una pista forestal junto al rio Urtxuria . Tuvimos la mala suerte de que están deforestando la zona y parte del final del camino trascurrió entre máquinas y obreros, y por una pista bastante destrozada. A pesar de ello, la recomiendo.
A pesar de que el paisaje era bastante desolador en ese punto, decidimos hacer una parada en el lugar y comer junto a un rio dando la espalda al trecho de tierra arrasado por las máquinas.
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Tomada en el lugar de descanso junto al rio Urtxuria |
En este punto teníamos dos opciones: desandar lo andado, o tomar una nueva ruta que acabaría en el punto de inicio. Una auténtica tontería desandar los pasos, así que seguimos haciendo camino.
Camino viejo a Casas de Irati ( SL-NA 60A): Esta otra ruta es similar a la anterior. Consta de 5,4 km de longitud y un desnivel de 200 m. Parte de la ruta discurría por la pista forestal y dejado atrás ese tramo volvías a adentrarte en unos preciosos bosques de esbeltas hayas y pinos en su mayor parte.
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Sí, mas setas. Me gustan las setas. |
Mas o menos en mitad del camino nos desviamos unos 200 m para acceder al Mirador de Akerreria, una atalaya desde la que puede verse una bonita panorámica de la zona. Tras esto comenzaba un descenso que nos revaba hacía un camino de regreso al punto de partida.
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Riachuelo que discurría por una pared rocosa. |
La última parte del recorrido es común con la ruta del
Paseo de los sentidos (SL-NA 61A), que no son mas que 2 km de paseo con practicamente ninguna dificultad y que puede hacerse desde el propio punto de inicio si se quiere.
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Zona del paseo de los sentidos |
Terminadas las rutas comenzó la vuelta a casa. Nos cruzamos con mas ovejas, vacas, caballos y mas gilipollas que conducen como auténticos camicazes. No sé si algún día seré capaz de superar mi miedo a la conducción viendo lo que se puede ver al salir de viaje.
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Ovejas pastando en los prados que se internan en la zona de la selva de Irati |
El tercer día en la zona volvimos a madrugar pero nos regalamos media horita mas de sueño. Nos despertamos bajo un cielo completamente oscuro, augurio seguro de lluvia, y mi estado no ayudaba, ya que me levanté peor que los días anteriores; el catarro que pensaba había conseguido olvidarme en Zaragoza reapareció en una maleta.
El destino de este tercer día era
Orbaizeta para realizar la ruta del
Bosque de Ursario (SL-NA 57B). Al parecer la ruta comenzaba desde el refugio de Azpegui, al que se accede desde la antigua fábrica de armas de Orbaizeta, pero estaba tan mal indicado que acabamos haciendo media ruta en coche por un camino habilitado para ello. De esta manera comprobamos que la ruta completa no merecía la pena y la iniciamos en una pradera situada en un punto intermedio. Todo era muy distinto a lo que habíamos podido ver el día anterior, pero desde luego tenía el mismo encanto.
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Pradera desde la que se accede al Bosque de Ursario |
Hicimos trozo de ruta hasta que decidimos dar la vuelta porque las lluvias del día anterior habían hecho el camino algo intransitable y el catarro, los bajones de tensión y de azucar, y un rebrote de la alergia primaveral me dejaron como si de un zombie me tratara ¿que mas podía pedir? pero como hace mas el que quiere que el que puede decidí seguir adelante aunque fuera a un ritmo mas adaptado a mi pronta vejez temporal.
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Bosque de Ursario |
De aquí nos dirigimos a
Aezkoa, donde nos encontramos de nuevo con un aparcamiento y una caseta de información. Si el día anterior el guarda forestal me pareció lo mas amable que puedes encontrarte, este día el responsable era un perroflauta pasota al que interrumpimos en la barbacoa con los colegas. Aun así en ese primer lugar no aparcamos el coche y nos dirigimos a un aparcamiento que se encontraba adentrado en el propio bosque.
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Alrededores del embalse de Irabia |
La ruta escogida en este caso fue el
Camino de Plaza Beunza (SL-NA 52C). Una ruta sencillísima (hasta para mi estado) de 4,4 km y 90 m de desnivel, que discurre inicialmente bordeando el embalse de Irabia y a un tercio del recorrido aproximadamente se adentra de nuevo en un bosque de hayas. Si te lo preguntas, sí, en esta zona hay muchas hayas.
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Hayedo junto al embalse de Irabia |
De vuelta en el alojamiento la noche fue extraña. Mientras mi acompañante bebía pacharán, yo bebía manzanilla, lo que me llevó a tener que soportar un extensísimo monólogo a la luz de las velas y la chimenea.
La última mañana amaneció completamente despejada y con una temperatura envidiable. Murphy sabía de lo que hablaba.
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Antes de partir encontré moras por el camino. Tranquilos, amantes de los animales, esta no me la comí, ya tenía dueño. |
Recogimos todo y nos dispusimos a volver a casa haciendo una breve parada para comer y dar una vuelta por Pamplona. Pamplona... bien, Mas bonita que algunas ciudades y menos que otras, pero una ciudad al fin y al cabo. Ya había tenido la suerte de disfrutar un fin de semana en esta ciudad con la asociación de patinaje local, que prepararon para la ocasión una ruta demoledora de unos 20 km en la que la velocidad y la falta de oxígeno no me permitió grabar correctamente la información en mi cerebro. Así pues me llegaba justo para decir, "creo que esto me suena".
Llegábamos a Zaragoza al anochecer del viernes. Por suerte teniamos el fin de semana por delante para aceptar la idea de la vuelta a la realidad.
Del viaje solo decir que tengo que volver (que recuerdos de perdidos...). Esperaba encontrarme un ambiente mas otoñal del que me encontré, y me di cuenta de que si ahora es una maravilla en pleno otoño debe ser impresionante. Si hubieran vacaciones y pasta, volvería en un par de semanas, pero no está la cosa para estos asuntos.