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martes, 4 de octubre de 2011

Inestabilidades

A veces siento que nada me importa, que puedo pasar por alto todas las inestabilidades de mi vida, y me engaño.
Comienzo a darme cuenta de ello cuando mis sueños se transforman en aburrida rutina y realidad, y se tiñen de miedos y fracasos.

Hace dos meses que me comunicaron el cierre definitivo de la empresa; desde entonces rumores, entrevistas y negociaciones se suceden sin cesar. Mientras sigo acudiendo a mi puesto de trabajo cada día, aunque no tenga nada que hacer. Todos los días son iguales y sin embargo cada día es distinto y pierdo por el camino las motivaciones iniciales para seguir adelante aprendiendo cosas nuevas y sintiendo que aprovecho el tiempo, y olvido que me gustaba leer, escribir o escuchar música, y recuerdo que hace muchos años ya me sentí así, que dejaba volar el tiempo sin darme cuenta de lo que hacía con él, matándolo simplemente.

Hace tres semanas que me atropelló un coche en un paso de cebra mientras patinaba (o lo atropellé yo, aún no lo tengo claro). Durante dos semanas me dolió el codo y hombro izquierdo y la cadera derecha, por lo que tuve la escusa perfecta para olvidar también que me gustaba patinar y tocar la guitarra.

Me encuentro a veces en casa, en silencio, y miro a mi alrededor sin encontrar algo que me haga reaccionar, creo que podría pasar las horas simplemente mirando una pared si no me esforzara en evitarlo. Me preguntan qué me apetece hacer, a quién me apetece ver, y mi respuesta es clara: dana; nadie.

Tengo diez entradas para el blog en borradores que jamás creo que llegue a terminar, demasiados blogs pendientes que tampoco creo que llegue a leer, y todo el tiempo del mundo para hacerlo sin desearlo. Dentro de poco apenas tendré tiempo para todo esto, quizá sea a eso a lo que le tenga miedo y reacciono de esta manera tan absurda.
Tengo la suerte de haber encontrado otro trabajo en el que empezaré en menos de un mes, pero los cambios en mi vida me afectan como podrían hacerlo a un niño pequeño o a un anciano, es de risa, porque no quiero ser así, pero tampoco puedo evitarlo.

Ayer comencé a aprender una nueva canción con la guitarra; me pregunté cómo era posible que hubiera olvidado con tanta facilidad lo que siento al tocarla, y decidí poner remedio a todo esto.



Y ahora, para que la entrada no sea tan deprimente, un comentario sobre el accidente que sufrí.
No quise decirle nada a mi madre, no me gusta que se preocupe innecesariamente pero tampoco me gusta el hecho de ocultarle algo, así que me esperé dos semanas para decirselo. La conversación fue así:

- Sabes... el otro día me atropellaron mientras iba con los patines
- Ay hija.... ¡si es que van cómo locos! entre los patinadores, los de las bicis y los monopatines, esta ciudad es una locura, ¡a mí también estuvo a punto de atropellarme un patinador el otro día cuando volvía del supermercado, ¡no veas el grito que le pegué!
- Ajá........

No sé si debiera, pero al menos mi conciencia se ha quedado bien tranquila.

martes, 21 de junio de 2011

Johnny Guitar

Camina lentamente, con dificultad.

Ochenta y cuatro años le han permitido acumular toda una vida en recuerdos; algunos consiguen ver la luz, otros se han perdido en la oscuridad de su memoria, tal vez para siempre.

Un par de acordes de guitarra consiguen detener el tiempo; con cierto temor solicita permiso para escuchar, y absorto mientras el sol de junio calienta sus manos y el cierzo azota su rostro, se detiene a recordar.
Las guitarras interpretan una melodía; él escucha otra diferente.
Sentado frente a él, sólo ve a su padre dándole lecciones de guitarra y solfeo, mientras él, un niño que sólo quiere jugar, se esfuerza por permanecer quieto y atender.

Entonces alguien le tiende una guitarra española.
Sus dedos comienzan a acariciar las cuerdas con mimo; recorren cada cuerda, buscando una sinfonía del pasado que tal vez jamás existió, mientras sus ojos poco a poco se apagan.
Como por arte de magia suena una nota capaz de materializar un pasado confuso, y permite nacer de entre sus manos una balada que años atrás repitió una y otra vez.



Su sonrisa desdentada y sus ojos iluminados de nostalgia le dan desde ese día un valor añadido a mi guitarra.
Creo que jamás podrá ser tocada con un sentimiento y una ternura mayores.

martes, 11 de enero de 2011

Tres canciones



Hace mas de dos meses que su padre pasó a ser tan solo un recuerdo.

Desde que murió, la música no existe mas allá de una sucesión de tres canciones; el tiempo ha hecho el resto, y cada una de ellas ha aprendido a atravesarla y a hundirse de una manera precisa y milimétrica en los órganos necesarios que permiten que su vista traspase paredes, y que rechace cualquier tipo de ley que dicte las normas de la lógica o el absurdo.

Pasa el tiempo; ella no está dispuesta a olvidar tan fácilmente.
Cada una de esas canciones le ayuda a no hacerlo. Sonaban en el momento en el que conoció su marcha, y desde entonces le hablan de él, le recuerdan su rostro mejor de lo que una fotografía podría hacerlo, y le hacen escuchar de nuevo aquella voz que ya solo existe en su memoria.

No sabe por qué; sabe que debe hacerlo, pero no quiere dejarlo ir.



Podría haber enlazado las tres canciones de enya que mi madre escucha una y otra vez, pero en lugar de ello he elegido unas un poco mas de mi estilo:
- Somewhere over the rainbow de Israel Kamakawiwoʻole
- Un millón de estrellas de Stravaganzza
- Parte de mí de Saratoga



jueves, 2 de septiembre de 2010

Mi Banda sonora (II)

El año que cumplí 14 años mi familia me sorprendió regalándome un disco. Al ver la inconfundible forma del regalo no podía sentirme mas feliz, rebosaba alegría, nunca había podido comprarme un disco ni me habían regalado uno. Se hubiera tratado de un regalo mas para cualquiera, pero no lo era para mi.

Cuando abrí el regalo me encontré con el disco Romances, de Luis Miguel, y al verlo no pude reprimir las lágrimas. Intentando disimularlas como pude y sin mas palabras, cogí el disco y lo puse en la máquina para que todos pudieramos escucharlo.

En el momento en el que pude quedarme sola fui al baño, y en silencio y mirándome a los ojos, con la gargánta ardiéndome amargamente derramé todas aquellas lágrimas que se habían quedado atrancadas dentro de mi. Cuando salí llevaba los ojos enrojecidos pero nadie pareció darse cuenta. Nadie pareció darse cuenta de que aquel disco que me habían regalado lo hicieron dejándose aconsejar por mi hermana, y que era el disco que tanto ella como mi madre querían pero que yo jamás hubiera deseado.



Años después escucho esta canción y todo ha cambiado. Sigue sin gustarme, pero recuerdo la anécdota con humor, no puedo hacer mas, pero nunca podrá dejar de recordarme la amargura y soledad que sentí en el momento en el que escuchaba este disco.

Va a ser verdad que los niños son egoistas y crueles...

Si alguien se lo pregunta, creo que sí, odio a Luis Miguel. A alguien hay que echarle la culpa.

miércoles, 14 de julio de 2010

Mi Banda sonora (I)

Al igual que una película, considero que la vida de cada uno de nosotros tiene una banda sonora personal e intrasferible que acompaña cada pasaje importante de su vida. A veces esas canciones te devuelven nostalgia, otras te provocan una sonrisa, y como en toda buena película, existen los temas melancólicos que te hacen mirar hacia atrás con tristeza. Para mi, este es uno de los últimos.






¿Cúan a menudo puede romperse un corazón?
¿Qué es lo que tiene sentido en esta vida?
¿Son los sentimientos los que hacen que todo valga?

¿Cúantas lágrimas caben en un río?
¿Volveremos a vivir?
¿Por qué despertamos cada día?
¿Qué es lo que cura el tiempo?