Nadie le había presentado las pruebas adecuadas para ello, así que a pesar de contar solo cinco años, no creía en dios.
Sólo creía en la vida tal y como la conocía, sin adornos ni magia fuera de aquellos cuentos que leía antes de acostarse, y así creció sin creer en princesas ni príncipes azules, ni siquiera en reyes magos o ratoncitos pérez, y jamás le importó no hacerlo.
Un día su abuelo le preguntó que si rezaba antes de acostarse, y ella le respondió que no.
La intentó convencer de la importancia de hablar con dios cada noche para que nos protegiera, y sin saber que responder le prometió que lo intentaría.
Esa misma noche intentó rezar, pero no supo cómo hacerlo. Comenzó repitiendo en voz bajita el padrenuestro, ese texto que para ella no tenía ningún significado pero que le habían hecho memorizar, y cuando terminó no supo cómo continuar.
Terminó hablando claramente a dios y le dijo:
- Oye, si quieres que hablemos ¿por qué no puedes bajar aquí? es dificil hablar con alguien a quien no veo, es como hablar con una lámpara o una piedra -, y esperó una respuesta mientras vió correr dos minutos en el despertador.
Cansada de esperar se volvió a dirigir a dios despidiéndose de él
- Ya sabía yo que esto era una tontería y que no existes, me gustaría decírselo al abuelo, pero no quiero darle un disgusto.
En ese momento salió de su cuarto y se dirigió a su madre:
- Mamá, ¿tu rezas?
- No hija, yo no creo en esas cosas.
- ¿Por qué?
- Porque he tenido que sufrir demasiado en la vida como para seguir creyendo.
- ¿Y tu crees en algo?
- Creo en las estrellas - y dirigiéndose a la ventana señaló el cielo - ¿ves esa que brilla tanto?
- Sí, la veo.
- Si te fijas bien verás que parpadea, eso es porque nos está hablando.
- A mi no creo que me hable, no me conoce.
- Claro que te conoce.

Incluso de pequeña era incrédula, como no voy a serlo ahora...


