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miércoles, 19 de octubre de 2011

Estrellas

Nadie le había presentado las pruebas adecuadas para ello, así que a pesar de contar solo cinco años, no creía en dios.
Sólo creía en la vida tal y como la conocía, sin adornos ni magia fuera de aquellos cuentos que leía antes de acostarse, y así creció sin creer en princesas ni príncipes azules, ni siquiera en reyes magos o ratoncitos pérez, y jamás le importó no hacerlo.

Un día su abuelo le preguntó que si rezaba antes de acostarse, y ella le respondió que no.
La intentó convencer de la importancia de hablar con dios cada noche para que nos protegiera, y sin saber que responder le prometió que lo intentaría.

Esa misma noche intentó rezar, pero no supo cómo hacerlo. Comenzó repitiendo en voz bajita el padrenuestro, ese texto que para ella no tenía ningún significado pero que le habían hecho memorizar, y cuando terminó no supo cómo continuar.

Terminó hablando claramente a dios y le dijo:
- Oye, si quieres que hablemos ¿por qué no puedes bajar aquí? es dificil hablar con alguien a quien no veo, es como hablar con una lámpara o una piedra -, y esperó una respuesta mientras vió correr dos minutos en el despertador.
Cansada de esperar se volvió a dirigir a dios despidiéndose de él
- Ya sabía yo que esto era una tontería y que no existes, me gustaría decírselo al abuelo, pero no quiero darle un disgusto.

En ese momento salió de su cuarto y se dirigió a su madre:
- Mamá, ¿tu rezas?
- No hija, yo no creo en esas cosas.
- ¿Por qué?
- Porque he tenido que sufrir demasiado en la vida como para seguir creyendo.
- ¿Y tu crees en algo?
- Creo en las estrellas - y dirigiéndose a la ventana señaló el cielo - ¿ves esa que brilla tanto?
- Sí, la veo.
- Si te fijas bien verás que parpadea, eso es porque nos está hablando.
- A mi no creo que me hable, no me conoce.
- Claro que te conoce.



Incluso de pequeña era incrédula, como no voy a serlo ahora...


viernes, 26 de agosto de 2011

Extraños

Para ella no existía el ayer, pero tampoco el mañana; vivía un presente eterno.

Se negaba a anclarse en el pasado y por eso lo tenía siempre bien guardado en un cajón. No quería perderlo completamente pero tampoco tenerlo siempre a la vista, así que no encontró otra alternativa.

Respecto al futuro, era consciente de que siempre estaría acechando su sombra, no era una ilusa, pero jamás le importó y prefirió simplemente, mirar hacia otro lado y dejar de cumplir años.

Sus paredes estaban decoradas con estrellas de mar y con sueños, pero jamás con fotografías; no necesitaba una imagen de la gente a la que quería o había querido, ni siquiera de los que ya no existían; a todos ellos los llevaba grabados a fuego en su mente, un material mucho más poderoso que el papel fotográfico.

Así era que una caja guardaba la parte menos importante de todos sus recuerdos, y sólo de vez en cuando se permitía la debilidad de abrir esa caja y contemplar las pocas huellas impresas y visuales de su pasado.

A veces, en un intento por borrar del pasado su propia huella, partía las fotos deshaciéndose de la mitad que le correspondía, dejando así retazos de un pasado que parecía querer borrar poco a poco.



Un día se encontró una foto de carnet dentro de un libro.
No conocía a aquella persona ni sabía su nombre, pero dado que eso implicaba no tener ningún tipo de recuerdo no solo la guardó, sino que la colocó en una de las habitaciones.

Con el tiempo, su colección de desconocidos aumentó.
De vez en cuando se paraba a mirarlos, les preguntaba sus nombres e intentaba adivinar sus sueños a través de sus rostros hasta llegar a construirles una historia.

Pasaron muchos años antes de que una de sus hijas se atreviera a preguntar por qué no tenía fotos suyas colocadas en casa como hacían los padres normales y sin embargo sí de desconocidos. Ella sólo respondió que no las necesitaba.

Nunca le había gustado sentirse diferente al resto, le hacía sentirse ridícula, así que en un acto de desafío hacia su madre, le regaló un marco de fotos. El primero.

Aceptó el regalo con extrañeza pero de buen humor.

Años después el retrato de aquellos desconocidos con que venía el marco continuaba en el salón de mi casa, y mientras mi hermana miraba con odio a los extraños e incluso con rencor a mi madre yo sonreía al pensar lo que me encantan sus rarezas.

lunes, 14 de marzo de 2011

Catorce

Nada que ver, nada que hacer ni que hablar.
Una aburrida tarde de verano en casa de sus abuelos se dispuso a buscar fotos antiguas en un cuarto en penumbras, y además de fotos, encontró un hermano.



Durante un instante su cuerpo se congeló pero su mente echó a volar hasta ser capaz de desenterrar un recuerdo que el tiempo había sepultado, y resonaron palabras en su cabeza que parecían haber sido pronunciadas tan solo un minuto antes pero que hasta ese momento siempre creyó que formaban parte de un sueño.

Contaba solo cinco años; no le importaba el pasado ni el futuro; su único propósito en la vida era sencillo, consistía en ser feliz.

En aquel momento, cuando su madre le dijo que aquel niño que vivía con sus abuelos no era su primo sino su hermano, ni siquiera entendió el significado de aquellas palabras, pero trece años después aquel mismo mensaje le golpeó con fuerza y sintió un brutal derechazo de realidad, sorprendió una lágrima sobre aquellos papeles, y se sintió más sola que nunca.

Nunca hubo mentiras, pero tampoco verdad, y se sintió impotente y ridícula de ignorar una realidad que excepto ella y su hermana, todos conocían, y comprendió, por fin comprendió;

La dureza de carácter de su madre, la hostilidad de su hermano durante cada visita veraniega a casa de sus abuelos. El odio en su mirada... todo lo comprendió, incluso que en ocasiones el tiempo es el único capaz de amortiguar un dolor que emana odio, y cuyo causante es ajeno a ambos.

Sintió como propio el dolor de un hermano que no te reconoce, el abandono y la lejanía de una madre, y se hizo aquella eterna pregunta: por qué.
Supuso que la respuesta estaba encerrada en un número: catorce; solo tenía catorce años, y estaba sola.

Jamás fue capaz de formular ninguna pregunta en voz alta, y según pasaron los años sintió que ese catorce sería la única respuesta que tendría. Hoy diez años después, las preguntas todavía se acumulan.

martes, 8 de febrero de 2011

Desde la cobardía... una carta a mi madre

Ahora que se acerca tu cumpleaños quisiera mas que nunca acceder al lugar en el que guardas tus recuerdos, en el que los proteges como si se tratara de un secreto inconfesable o un tesoro que temes ser robado.

Entraría mientras duermes, a través de tus ojos; borraría de tu memoria las pocas lágrimas que te he visto derramar, y haría desaparecer el recuerdo de cada una que reprimiste y que a veces siento que derramé en tu lugar. Si pudieras prestarme tu fuerza, si pudieras confesarme dónde guardas todo aquello que te hizo sufrir y me enseñaras a esconder el pasado en un lugar en el que tampoco yo lo encontrara, no llegaría a ser la mitad de fuerte de lo que siempre me has demostrado ser.

Entraría cuando el pasado reposa y los sueños siguen tal vez resucitándolo de vez en cuando, pero necesitaría adentrarme tanto en tu mente que siento que una noche de sueños no sería suficiente para comprender, para arrancar al pasado todos los porqués, los cuándos ni los cómos, para perdonar que no supieras verme hasta que me hice de carne y hueso, para perdonar el jamás escuchar de tu boca un te quiero; para olvidar que no me enseñaras a pronunciar un te quiero, y que me faltara una mano que me ayudara a levantar.



Desearía que supieras que algo me impedía ser feliz; que fueron muchas las noches que accedí al mundo de los sueños con lágrimas en los ojos, y que durante un tiempo tan solo deseé un sueño eterno que me alejara de la soledad que me atormentaba.

Desearía que supieras que si no hubieras criado una cobarde de mierda que ni siquiera es capaz de haberte dicho nunca nada a la cara por miedo a verte sufrir, ahora no tendrías hija.

A pesar de todo, el pasado no es mas que una palabra. No tengo capacidad para guardar rencor ni creo que debiera hacerlo.
El tiempo pasa, y lo único que tengo claro es que aunque guarde dentro las palabras, te quiero como ningún hijo te podría querer.
Ojalá pudiera decirte tan solo esto último.

martes, 11 de enero de 2011

Tres canciones



Hace mas de dos meses que su padre pasó a ser tan solo un recuerdo.

Desde que murió, la música no existe mas allá de una sucesión de tres canciones; el tiempo ha hecho el resto, y cada una de ellas ha aprendido a atravesarla y a hundirse de una manera precisa y milimétrica en los órganos necesarios que permiten que su vista traspase paredes, y que rechace cualquier tipo de ley que dicte las normas de la lógica o el absurdo.

Pasa el tiempo; ella no está dispuesta a olvidar tan fácilmente.
Cada una de esas canciones le ayuda a no hacerlo. Sonaban en el momento en el que conoció su marcha, y desde entonces le hablan de él, le recuerdan su rostro mejor de lo que una fotografía podría hacerlo, y le hacen escuchar de nuevo aquella voz que ya solo existe en su memoria.

No sabe por qué; sabe que debe hacerlo, pero no quiere dejarlo ir.



Podría haber enlazado las tres canciones de enya que mi madre escucha una y otra vez, pero en lugar de ello he elegido unas un poco mas de mi estilo:
- Somewhere over the rainbow de Israel Kamakawiwoʻole
- Un millón de estrellas de Stravaganzza
- Parte de mí de Saratoga